jueves, 11 de abril de 2013

Mujer y Perro Feo



Mujer y Perro Feo salen al parque a caminar entre los árboles. Parecen hechos de alambre y trapo.
Se eligieron la vez que se vieron por primera vez porque uno es el reflejo del otro. Da la impresión de que viven la vida porque no les queda otra cosa mejor que hacer. En ellos se nota mejor eso que dice que no elegimos venir al mundo, que nadie nos lo preguntó.
Los vi por primera vez una tarde fría de viento y garúa, parecía que llevaban el gris de Lima impregnado en el cuerpo y en el alma, que llevaban el invierno encima todo el año.
Mujer y Perro Feo caminan lento, con estoicismo, casi levitan. Dan la impresión de que nadie los espera en casa.
Perro Feo huele el pasto y la vereda, mientras Mujer mira la nada con mirada de vidrio.
No creo que tengan amigos, me gustaría pensar lo contratrio pero no creo que algún día los tengan. No los necesitan. Parecen espectros de una dimesión solitaria e incomprensible.
Mujer y Perro Feo están unidos físicamente por algo mucho más fuerte que una correa para perros. Es un cordón umbilical de ida y vuelta, como diseñado en una pesadilla de David Cronemberg. Si no fuera así, no necesitarían la correa que los hace parecer menos abandonados, menos olvidados. Si solo fuera una correa y de pronto se rompiera, ni Mujer ni Perro Feo escaparían el uno del otro. En absoluto. Mujer y Perro Feo se quedarían ahí , sin el alimento metafísico que ambos se dan, estáticos en el mismo sitio del parque.
Las palomas finalmente se posarían en sus cabezas chorreándole su caca blanca líquida, para darles finalmente ese aspecto solemne y a la vez profano que tienen las estatuas de los parques abandonados.
Ya es tarde, Mujer y Perro Feo se alejan hasta desaparecer en una esquina. El viento mueve los árboles.

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