martes, 16 de abril de 2013

El Hombre de Humo de Vela



En 1987 tenía pintado el rostro de Robert Smith en el techo de mi cuarto con humo de vela. Mi abuela no quería levantar la cabeza porque le daba miedo verlo.  Por entonces, la música de The Cure nos sonaba como el soundtrack del invierno de Lima que a algunos se nos había metido hasta el alma. Ahí sospeché que tenía que haber alguna conexión especial entre el clima de esta ciudad y el de Londres, cosa que corroboré años después.

Muchos años antes muy lejos de Lima, en el tren de regreso a casa y luego de ver un concierto de rock, ese hombre de humo de vela había decidido dedicar el resto de su existencia a la música. Conoció a la mujer de su vida en el colegio cuando los juntaron para hacer un grupo de trabajo pero había decidido quitarse la vida antes de cumplir los 25 años. Probablemente el reciente éxito de su arte le hizo cambiar de opinión. Ser dark toda la vida no siempre es lo más sensato.

Fue en el video de The Caterpillar cuando vi por primera vez esa imagen mezcla de repulsiva, ingenua, terrorífica y seductora de Robert Smith que junto con su música formaba un todo poderosamente hipnótico y maravillosamente único.

Yo nunca me consideré gótico, ni dark, pero el look de Smith me enseñó a diferenciar lo que es vestirse como se debe y lo que es vestirse como se quiere; y además de eso, usar el aspecto físico como un manifiesto de protesta y de disconformidad con el pensamiento común. Sobre todo en épocas tan decadentes y a la vez complacientes como en los años 80.

Sin embargo, no soy fan de The Cure, ni me considero fan de nadie. El fan busca al artista para un autógrafo, colecciona sus discos con vehemencia, se sabe de antemado el setlist de los temas que va a tocar en el concierto. Yo no. No me interesa mucho el artista en sí ni el formato de su obra. Mi atención solo está al 100% en su obra misma y solo soy un enamorado de la música original y rompe-moldes que le sabe escupir a su tiempo; como fue la de Smith y compañía hace más de 30 años y por la que siempre tendrá mi aprecio. Lo demás es nostalgia y, aunque a veces parezca contradecirme, la nostalgia no sirve para nada más que para llorar, but boys dont´cry.

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