miércoles, 28 de agosto de 2013

Envidiable manifiesto contra la Envidia


A esos que me envidian por ser multitalentoso y polifacético,

yo les digo que todos somos multitalentosos, aunque no todos seamos polifacéticos.



A esos que me envidian por tener la palabra precisa en un manifiesto y la nota precisa en una composición musical,

yo les digo que a veces la precisión es enemiga de la espontaneidad.



A esos que me envidian por caerle simpático a casi todo el mundo,

yo les digo que a los osos panda también les pasa lo mismo aunque ellos nunca se hayan propuesto ser así.



A esos que me envidian por mi capacidad de adaptarme a cualquier entorno,

yo les digo que las cucarachas también la tienen, por lo que no es algo de lo que haya que enorgullecerse.



A esos que me odian por burlarme de los cantautores de trova, que se visten como eternos estudiantes universitarios y entonan canciones de crítica social adornadas con pajaritos de colores,

yo les digo: tranquilos, que todo es susceptible de burla, incluso la burla misma.



A esos que me envidian por tener más ideas modernas aún cuando voy teniendo más arrugas,

yo les digo que las ideas modernas las impone el mismo paso del tiempo, al igual que las arrugas.



A esos que me compadecen porque prefiero andar sobre una buena bicicleta que sobre un Audi,

yo les digo que en Lima, con la bicicleta casi siempre se llega primero al destino que con el Audi.



A esos que me envidian por ser invulnerable a la pasión por el fútbol, las canciones románticas y las rubias tetonas,

yo les digo: no me envidien, ya que en las sociedades menos desarrolladas como ésta, no tener esas pasiones no se ve como una excentricidad cool, sino más bien como cosa de desadaptados.


A todos esos yo les digo: no me envidien y hagan más de lo que mejor saben hacer… a menos que envidiar sea su mejor talento.

martes, 6 de agosto de 2013

Querida Ictiofobia



"Yo no como mariscos, yo corro olas con ellos"
Esta fue la frase que por divertirme adapté de un sticker que una vez me regalaron para apoyar una campaña contra el consumo de muchame en el Perú. Yo quise extenderla a todo el reino marino (¿por qué un muchame sí y un pejerrey no?) y con mucho cuidado parché la palabra “muchame” con una de la misma tipografía que diga “mariscos” y la pegué en mi viejo Honda Civic allá por los primeros años noventa.

De las catorce características para definir a un excéntrico según el psicólogo David Weeks, cumplo diez. Las otras cuatro tienen que ver con el idealismo, la inteligencia elevada y el ser soltero, cosas que algunas veces lamento no cumplir in stricto.

Una de las diez dice "hábitos alimentarios inusuales" lo que en criollo culto se entendería como "una joyita para comer".

Si hay algo que mejor define mi imposibilidad de integrarme por completo a la sociedad en la que vivo es el hecho de no comer pescados ni mariscos. Perdónenme amigos pescadores, amigos chefs, amigos chauvinistas y amigos integrados, pero nunca he soportado la idea de degustar los sabores, las texturas, las formas y por sobre todo los olores de cualquier ser subacuático convertido en alimento. La ictiofagia definitivamente no va conmigo.

De niño me encantaba acompañar a mis padres al mercado, me gustaban los colores de las verduras y las frutas, las formas, las caras de la gente, las tiendas de plásticos y sus chucherías. Siempre encontraba un juguetito barato que me terminaban comprando y me llenaba de alegría el día, pero había una zona prohibida para mí: la sección de las carnes  y muy especialmente la de los pescados.

Cuando mis papás tenían que pasar por el corredor de los pescados, yo me iba por el pasaje paralelo para encontrarlos al final del camino. Solo bastaba oler el pescado fresco para sentir unas incontrolables náuseas. No me pregunten por qué, pero así nací.

Recuerdo a mi madre decidida a romperme esa conducta a la edad de 5 años. Estaba yo sentado en la mesa de la cocina. Mi mamá parada a un lado gritándome “no te paras de la mesa hasta que te comas tu pescado”. Ella sale de la cocina, yo me quedo. Mis ojos se clavan en el techo, luego en el ojo del animal rendido en mi plato. No te voy a comer. No me como a nadie que me mira. Tampoco voy a cerrar los ojos y abrir la boca. No te voy a comer, aunque probablemente eso ya no te interese mucho. Antes de las cinco, mi mamá volvió a la cocina y vio la escena tal cual la había dejado solo que con el pescado frío. De un carajazo me mandó a mi cuarto y me castigó por el resto del día.

Por mi aversión a los pescados y mariscos nunca quise ir a las casas de mis amigos del colegio por nada del mundo. No me gustaba negarme a aceptar los almuerzos que con mucho cariño me querían invitar mis amigos y sus mamás, pero tampoco podía aceptarlos. Podía ir por las tardes, luego de almorzar en mi casa, pero jamás sentarme a mesa ajena. No me enseñaron a decir no, por eso tuve que desarrollar mi imaginación para inventar mil excusas y evitar un mal rato.

Una vez, la señora Leo, mamá de un compañero, le dijo a la mía que no se preocupara por mi aversión a los mariscos. Su fórmula consistía en recogerme del colegio varios días seguidos e invitarme a almorzar con su hijo, mi amigo. Ahí ella ecualizaría mi dieta con la del común de los peruanos y en unas semanas -según su método- yo empezaría a mirar a los peces como el Coyote al Correcaminos. Mi mamá estuvo encantada con la idea.

El primer día (y último) me sirvió un caldo de choros, que tomé neutralizando al 100% mi sentido del olfato y mis papilas gustativas. Los próximos días me negué por completo a mi papel de conejillo de indias. Tampoco aprendí a comer pescado en su casa, pero sí aprendí a neutralizar mis sentidos del olfato y gusto a voluntad.

De post adolescente, casi me agarro a silletazos con un compañero de trabajo borracho en una cevichería brava del barrio más bravo de La Victoria; mi pecado era el resistirme a comer una jalea de mariscos que el compañero me había querido invitar.

Años antes, me comí una milanesa de pescado por puro engaño. Era finales de los 80, practicaba computación en un banco del centro de Lima. Solía buscar qué comer por ahí a la hora del almuerzo pero la crisis económica se había agudizado tanto que todos los días las calles del centro de Lima se llenaban de marchas y manifestantes que eran repelidos por policías con gases lacrimógenos. Recuerdo que ese día vi una manifestación muy peculiar. Distinta, por decir algo. Los protestantes esta vez tenían pancartas bien hechas, impresas, sin fallas ortográficas y la mayoría de los marchantes era de tez blanca, talla alta y de rasgos europeos. Pensé que filmaban un comercial de televisión (en esa época solo salían blancos en la publicidad), pero luego me enteré de que se trataba de los banqueros que habían salido a exigirle al primer gobierno de Alan García que retracte la torpe ley de estatización de la banca que había promulgado en su nefasto gobierno. ¿y eso qué tiene que ver con mi milanesa de pescado? Retomo, disculpen. Iba camino a uno de los pasables restaurantes de menú que había descubierto, pero en el sentido opuesto me encontré con la turba de banqueros y policías, así que para evitar el chongo, me metí  al primer restaurante que encontré. La pizarra decía “Menú: milanesa de pollo con arroz y refresco”

Subí al segundo piso del viejo local, casi estaba solo. El gas de las bombas se colaba un poco pero todos ya nos habíamos acostumbrado a eso por entonces. Me comí poco a poco la milanesa de pollo, la que descubrí extrañamente blanca, como la manifestación de protesta de afuera; también extrañamente suave y casi sin sabor. Con una precisión de cirujano pero con un tenedor, empecé a examinar bien la misteriosa carne de pollo cuando empecé a ver pequeñas platinas debajo de los bordes de la fritura. Llamé al mozo y le dije que me había servido un pollo astronauta. El hombre deshecho en disculpas me dijo que el pollo del menú se había acabado y lo habían reemplazado por pescado. La mierda. Fui engañado, pero tampoco se podía reclamar mucho en tiempos de crisis. Todos estábamos jodidos así que lo menos que podíamos hacer es tenernos un poco de paciencia y algo más de tolerancia, no por humanidad, simplemente por supervivencia.

Pero he tomado alguna vez eso que le llaman “leche de tigre”, que no es otra cosa que el jugo del ceviche y que se parece tanto al horrible líquido que se empoza en el lavadero al lavar ollas y platos. Cuando lo hice estaba muy borracho y por consiguiente no muy lúcido.

Años después, mi carrera como publicista dio un salto importante en su momento cuando me llamaron a una entrevista de trabajo para una importante agencia de publicidad de entonces. Dios a veces tiene un humor sarcástico. El lugar elegido por el director que me convocaba era… sí, una cevichería. ¿una cevichería? -Sí, lo que pasa es que no hay tiempo y le estamos haciendo una despedida al redactor que se va y al que podrías reemplazar- me dijo. Ya para qué voy –pensé- ¿para que me den una patada en el culo del orgullo por “engreidito”? Pero fui. El director era de ese tipo de locos a los que les suelo caer bien y que también me caen muy bien. Se cagó de la risa cuando le negué un plato de ceviche porque no me gustaba (decidí ser sincero y no atribuir mi rareza al típico pretexto de la alergia que más de una vez me había salvado de explicaciones ininteligibles) así que llamó al mozo de la cevichería, le dio un billete grande y lo mandó a traerme un pollo con papas del restaurante de al frente. Mi excentricidad hizo que les caiga a todos súper simpático y me atribuyeron eso que se busca en un creativo publicitario: ser de preferencia un tipo fuera de lo común.

Y aquí, pasando los 40 sigo al pie de las convicciones de mi paladar freak y quiero decir a mis nuevos amigos lo de siempre: Gracias, pero no como pescado ni mariscos, tal vez me anime a comerme alguna vez una que otra sirena, pero solo de la mitad para arriba.